· Villa la Angostura
48 horas en Villa La Angostura: esquí, relax y sabores
Nieve, bienestar, paisajes y buena gastronomía: un plan para viajeros con propósito que buscan disfrutar lo mejor del invierno en la Patagonia.

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Villa la Angostura combina una escala íntima con algunos de los paisajes más emblemáticos de la Patagonia argentina. Rodeada de bosques, lagos, montañas y tres Parques Nacionales, se encuentra a sólo 83 kilómetros de Bariloche y a 110 de San Martín de los Andes, siguiendo la emblemática Ruta de los Siete Lagos.

En invierno, cuando las montañas se cubren de nieve, la Villa propone una experiencia diferente a la de los grandes centros de montaña. Aquí el lujo no está necesariamente en hacer más, sino en elegir bien qué hacer. Un día de esquí, una tarde frente al lago, una cena relajada y una caminata entre bosques pueden ser suficientes para entender el espíritu del lugar.

Este es un itinerario pensado para aprovechar 48 horas en Villa La Angostura sin convertir el viaje en una carrera. Dos días para esquiar, descansar, comer bien y dejar que el paisaje marque el ritmo.

Cerro Bayo: esquí boutique con vista a la cordillera

La mañana del primer día tiene un destino claro: el Cerro Bayo a sólo 9 kilómetros de la ciudad. Dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, con 126 hectáreas esquiables, 24 pistas de cuatro niveles de dificultad y un desnivel de 700 metros, el cerro ofrece lo suficiente para que el esquiador con experiencia encuentre desafío y, el que busca placer, encuentre calma.

El descenso máximo ininterrumpido de seis kilómetros por el Camino Panorámico -con el lago Nahuel Huapi desplegándose durante todo el recorrido- es una de esas experiencias que justifican el viaje por sí solas. Los cuatro itinerarios fuera de pista son para quienes el esquí es también una forma de exploración. Y los seis paradores distribuidos en la montaña permiten hacer una pausa reparadora con vistas panorámicas. A media mañana, un chocolate caliente en la cima. Al mediodía, un almuerzo ligero con la montaña como fondo. Por la tarde, los últimos descensos con la luz cambiando sobre la nieve. 

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Durante siglos, hablar de vino fue hablar del terruño. Del invierno, de la poda, de una ladera buscando el sol. De una helada que llegó antes de tiempo, de la lluvia que no llegó, de esas semanas de vendimia capaces de contar un año entero. El alcohol simplemente estaba ahí. Nadie necesitaba explicarlo. Era parte del vino de la misma manera que lo eran la fermentación, la espera o la cosecha.

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