En 2014, luego de recibirse como licenciada en química, Fabrina regresó a Bariloche con la idea de desarrollar productos cosméticos y tener su propia fábrica. Al inicio, regalaba la producción. Con el tiempo, la confianza creció y los productos empezaron a venderse como regalos empresariales. Así nació Productos de la Patagonia, una marca pensada como espacio de aprendizaje. Savia Tierra ya existía como nombre, en su cabeza, pero aún no como concepto. “Estaba muy verde para que saliera a la luz”, admite. Durante esa etapa, mientras desarrollaba un jabón para un tercero, sufrió un accidente y se quemó el treinta por ciento del cuerpo. La recuperación llevó casi un año y se convirtió en un proceso de introspección. “Ese episodio me mostró que el camino por el cual iba no era el correcto. Vivía acelerada y con una mirada del éxito puramente económica”, relata. “Mi enojo no dejaba que las heridas cerraran, incluso, cuando estaba todo dado para la cicatrización”, agrega. De esa experiencia nació Savia Tierra Patagonia, donde confluyen ciencia química, cosmética saludable y las experiencias de Fabrina durante ese año que invirtió sanando.
La cosmética emocionalmente saludable no es fácil de explicar ni de comunicar. Fabrina cree que cuando alguien confía en los productos de Savia, y siente la energía, el amor y el conocimiento con los cuales están hechos, ya empiezan a hacer efecto. “No hay magia en la cosmética”, aclara, aunque muchas personas notan cambios desde el primer uso. “El objetivo es conectar con la belleza desde la salud y no desde estándares absolutistas. La ciencia y la emocionalidad no van separadas, van juntas, esa fusión es Savia Tierra”, explica.
En diciembre de 2024 compartió su historia en una charla TED. A pesar de la presencia constante en las redes de Savia Tierra, “sentí que en ese escenario me desnudé, que hablé desde el alma”, asegura. Al bajar, muchas personas se acercaron a contarle sus propias vivencias porque percibieron en ella a alguien con quien se puede hablar. Esa cercanía se replica en lo cotidiano: personas que la saludan, que agradecen, que le cuentan cuánto les gustan los productos. “Cuando me escriben para decirme “me cambiaste la autoestima” o “me ayudaste con esto”, no lo vivo como un acto de ego, sino con orgullo, por todo lo que tuve que atravesar sola”, dice.
Cuando siente que se corre de su eje, busca volver a la coherencia y al propósito de Savia. Entendió que su eje energético es la creatividad, construida desde la sensibilidad. “Hoy el éxito radica en cómo se transita el camino, cuánto se disfruta el proceso y con cuánto bienestar se logran los objetivos. La retribución económica llega como consecuencia del equilibrio”, asegura.
El crecimiento de la marca impulsa un nuevo desafío: el traslado de la fábrica al Parque Tecnológico Bariloche en 2026. El proyecto busca ampliar la capacidad productiva y elevar los estándares. “Es una fábrica creada desde cero, ladrillo a ladrillo. El foco está puesto en lo profesional y en la calidad, con habilitaciones de ANMAT y vínculos con instituciones educativas y de investigación”, cuenta. “Este paso es posible gracias al apoyo de mi marido y familia, al trabajo de todo el equipo de Savia y a quienes eligen la marca”, indica.
Hoy, Savia atraviesa un fuerte momento de desarrollo con productos inexistentes en el mercado argentino: un desodorante natural sin aluminio, sérums, iluminadores con vitamina C, cremas reafirmantes y una pomada labial. “Este último producto quise tercerizarlo con un laboratorio grande pero hizo agua porque no saben trabajar cosmética natural. Ahí me di cuenta de mi valor, de que sí soy suficiente”, reflexiona. Savia está por lanzar productos únicos y, aunque le cuesta decir que la marca va a explotar, sabe que algo grande está sucediendo. “Quiero dejar algo en la sociedad, un legado de bienestar, ser un ejemplo para quienes me rodean”, afirma. En el fondo, todo vuelve a la misma idea: el éxito es mantener un equilibrio saludable, en todos los ámbitos de la vida. Comunicar ese propósito sin clichés es uno de sus mayores desafíos, como la savia: silenciosa, invisible, pero vital.
