· San Carlos de Bariloche
Donde el silencio aprende a mirar
En la meseta patagónica el viento no siempre se escucha, a veces se deja ver. Se insinúa en la inclinación de los coirones, en la forma en que los animales se agrupan, en la tierra que parece suspenderse el tiempo. Allí, donde el horizonte no compite con nada, Cocho Contín aprendió que observar no es simplemente mirar: es leer lo invisible.

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Nos encontramos en Bariloche, su ciudad actual, pero su manera de hablar todavía conserva algo del territorio abierto. No hay urgencia en sus respuestas. Hay pausas. Como si cada palabra necesitara asentarse antes de seguir.

¿Por qué elegiste la fotografía como forma de vida?

-Me crié en el campo, en la meseta patagónica, donde a primera vista todo parece frío y detenido en el tiempo. Mis padres supieron transmitirme el poder de la observación.
Mi padre, mirando detenidamente el campo, sabía leer e interpretar el estado de los animales y las plantas como si se tratara de una enciclopedia viva. Mi madre, en cambio, me enseñó a mirar lo intangible del adentro: los estados de ánimo, las emociones, la parte poética de la vida. A partir de ahí, con mis propios ojos, empecé a entender que el viento se puede ver, que los silencios hablan, que las miradas dicen, que todo lo que parece quieto tiene algo que contar. Hoy trabajo como terapeuta y como fotógrafo, y todo empieza y termina en la observación. Esa fue la elección de vida: ser observador de los paisajes, de las personas, de su mundo interno y del mío propio. Para poder entender y comunicar lo que veo y siento, una de mis herramientas es la fotografía, entre otras.

-¿Recordás cuál fue el primer paisaje que sentiste la necesidad de fotografiar?

-Durante el verano a los 17 años partí a recorrer la Argentina en un pequeño scooter 70 cc junto a mi hermano. El mundo se abría delante mío y yo no terminaba de entender lo que sentía a través de todo lo que iba viviendo. En La Rioja, en un pequeño poblado, se nos acercó un viejo y nos invitó a su casa. Vivía en una casa de tres por tres, con piso de tierra, un jarro con agua del arroyo y un fuego dentro de una lata. Sin embargo, Don Tesoro nos invitó a hacerle compañía. Su soledad era tan potente que, en un momento de aflicción, dijo: “si por lo menos tuviera una radio”. En ese instante supe que la soledad iba a tener para siempre una imagen en mi vida, y el impulso fue querer registrarla.

-¿Siempre lográs capturar lo que ves a través de la cámara?

-La mayoría de las veces no lo logro. Cada vez que tomo una imagen me pregunto: ¿qué estoy viendo?, ¿con qué ojos? Entonces recurro a mi segunda herramienta, la escritura. Si de una imagen surge un texto, una crónica o un poema, es porque lo que vi tuvo sentido. La observación no es simplemente lo que se ve con los ojos, sino lo que puedo sentir y comunicar con palabras.

-¿Qué rol juega la espera y el silencio?

-Creo que no existe el ejercicio de la observación sin el dominio del silencio. Ambos se traman como las raíces al suelo. No hay un día en el que no me encuentre, al menos por un rato, con el silencio.

¿Sentís que tu mirada fue cambiando?

-La técnica mejora día a día con práctica, con fracasos y horizontes inclinados. Yo no estudié fotografía; lo mío es puramente experimental e intuitivo. Sin embargo, creo que la gran transformación ocurre en la interpretación de las imágenes a medida que uno crece. La mirada habla de los estados, los momentos y los deseos que voy atravesando en cada etapa.

-¿Hay lugares a los que volvés?

-La Mirada del Doctor fue mi primer trekking, a los diez años. Ahí entendí que la belleza tenía esa forma. Cada vez que vuelvo se supone que veo el mismo paisaje, pero siempre descubro que yo soy distinto. La mayoría de las veces no le saco fotos: son momentos de pura reflexión.

¿Cómo es el proceso de enmarcado de una de tus obras?

-Siempre que veía una foto enmarcada sentía que sabía todo de la imagen, pero muy poco del marco que la contenía. Entonces, empecé a experimentar con madera de mi casa. Yo podía contar la historia de ese árbol. Cuando entrego un cuadro, entrego la historia de la imagen, pero también cuento la vida de ese árbol. A veces pienso que esa imagen tuvo que esperar setenta y cinco años para convertirse en historia.

-Mirando hacia adelante, ¿cómo imaginás la evolución de tu trabajo?

-Aprendí que los giros del futuro son tan impredecibles como el viento. Lo único que deseo es tener ganas de aprender sobre lo que tenga que venir. 

En la obra de Cocho Contín, la fotografía no comienza cuando se dispara el obturador ni termina cuando se imprime. A veces empieza décadas antes, cuando alguien planta un árbol. Entre el paisaje, la espera y la madera que lo contiene, su trabajo propone algo simple y profundo: mirar hasta que lo invisible encuentre su lugar. 

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