La llegada al lodge funciona como una transición, a medida que la estepa se eleva y el horizonte se abre, el tiempo se desacelera y el territorio comienza a marcar su propio pulso. Durante generaciones, esta estancia se organizó en torno a la cría extensiva de ganado, siguiendo los ciclos naturales de arreos, veranadas e invernadas.
La historia de Estancia Chochoy Mallín está profundamente entrelazada con la familia Creide, pionera de la provincia de Neuquén y guardiana de estas tierras donde la naturaleza marca el compás del tiempo. Desde sus orígenes, el lugar ha sido escenario de trabajo, esfuerzo y visión: un espacio donde la tradición ganadera dio forma al paisaje y al alma de la región. Su casco histórico aún conserva la memoria de esos días: los muros de adobe y piedra fueron testigos de épocas en que la casa principal y sus dependencias funcionaron como pulpería y almacén de ramos generales, punto de encuentro para los pobladores y viajeros que se dirigían hacia la frontera con Chile. Hoy esa herencia se transforma en una propuesta que une producción, conservación y hospitalidad.
La arquitectura del lodge, construida en piedra y madera nativa, se integra sin estridencias al paisaje de valles abiertos, montañas de perfiles largos y ríos de aguas claras que atraviesan la propiedad. En ese entorno, la pesca con mosca es uno de los ejes centrales. Tres ríos -Reñi Leuvú, Trocomán y Ñireco- atraviesan la estancia como arterias vivas que modelan el territorio y marcan el ritmo de cada jornada. En sus aguas claras, la práctica se transforma en un acto de contemplación: una conversación silenciosa entre el pescador y la naturaleza. El programa de pesca está pensado en clave íntima. Cada salida reúne a un máximo de dos pescadores por guía y permite acceder a más de quince kilómetros de aguas privadas, donde se alternan distintos escenarios: sectores de spring creeks, ríos freestone de corriente viva y pequeñas lagunas de altura. Esta diversidad convierte cada día en una exploración distinta del agua y sus matices. Guiados por expertos locales, la jornada se construye con la precisión de un ritual. La lectura de las corrientes, la observación de los insectos y la elección de la mosca adecuada son parte de un proceso que exige atención plena. En ese equilibrio entre técnica y paciencia, la pesca revela su dimensión más profunda: destreza y calma puestas al servicio de una experiencia que invita a bajar el ritmo y afinar la mirada. La devolución obligatoria y el respeto por el entorno refuerzan esa filosofía. Aquí, el valor no está en la captura sino en el vínculo con el río, en la pausa que permite escuchar el agua, observar el vuelo de los insectos y sentir cómo el paisaje impone su propio tiempo. Al caer la tarde, la experiencia continúa en el lodge. En el lobby, un escritorio para el atado de moscas invita a preparar el equipo para la siguiente jornada. Frente al fuego, con una copa de Mabellini Wines en la mano, las historias del río vuelven a circular entre los pescadores. Cada relato revive un lance preciso, una trucha esquiva o una deriva perfecta, y así, noche tras noche, la memoria del agua sigue fluyendo incluso lejos de la orilla.
Las habitaciones del lodge son espacios pensados para el descanso. Cada una cuenta con baño privado, calefacción, un escritorio, ropa de cama de algodón orgánico y vistas abiertas al paisaje. Las tardes se completan con cabalgatas o caminatas por senderos que durante décadas guiaron arreos ganaderos, descubriendo el territorio en compañía.
La gastronomía es otro de los momentos que reúne a todos alrededor de la mesa. Con carnes de la estancia, verduras de la huerta orgánica, hierbas silvestres y cocciones al fuego, la cocina expresa el carácter del lugar. El chivito neuquino, primer producto argentino con denominación de origen, es uno de los protagonistas de un menú que celebra los sabores del territorio.
A lo largo del año, los huéspedes también pueden participar de prácticas tradicionales como la carneada y la yerra, verdaderas ceremonias rurales donde el trabajo se convierte en aprendizaje colectivo. Desde el desposte hasta el encendido de los fuegos, todo sucede al aire libre, entre aromas de humo, relatos compartidos y saberes transmitidos de generación en generación.
Al caer la tarde, el bar del lodge convoca a prolongar el encuentro con tragos de autor y el gin “Chochoy Magin”, inspirado en los botánicos de la estancia. Así, entre ríos, caballos, fogones y largas sobremesas, Chochoy Mallín invita a vivir la Patagonia como se ha hecho siempre en el campo: compartiendo el tiempo, el paisaje y la experiencia con quienes nos acompañan.
