La ruta de los faros: otra manera de recorrer la Patagonia

Desde los acantilados de Río Negro hasta los confines de Tierra del Fuego, los faros trazan un recorrido por algunos de los paisajes más remotos y extraordinarios de la costa patagónica. Una ruta que combina naturaleza, patrimonio marítimo e historias de antiguos fareros a través de la mirada del fotógrafo Florian von der Fecht.

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Fotos: Florian von der Fecht

A lo largo de la costa atlántica, los faros pueden convertirse en una manera diferente de recorrer el territorio: torres solitarias levantadas frente al mar, en cabos, islas, desembocaduras y extremos de costa donde el paisaje parece no tener límites. Llegar hasta ellos supone, muchas veces, abandonar las rutas habituales y adentrarse en territorios de médanos, acantilados, estepa y costas abiertas.

Durante más de un siglo, estos edificios ayudaron a los navegantes a encontrar su rumbo. Hoy pueden ofrecer otra forma de viajar: una invitación a detenerse, conocer la historia de un lugar y descubrir paisajes que difícilmente aparecen en los circuitos convencionales.

Faro Cabo Dañoso, provincia de Santa Cruz (foto de Florian von der Fecht).

Donde termina la tierra

Desde allí, la Ruta Provincial 1 propone uno de esos recorridos donde el camino es parte de la experiencia: acantilados, pueblos costeros y colonias de loros barranqueros acompañan el trayecto hasta San Antonio Este, donde aparece el Faro San Matías, encendido en 1924.

Cerca de El Cóndor, el Faro Río Negro se levanta sobre los acantilados junto a la desembocadura del río. Su torre blanca tiene apenas 16,5 metros, pero su luz se encuentra a más de 40 metros sobre el mar. Encendido por primera vez el 25 de mayo de 1887, es el faro continental en servicio más antiguo de la Argentina.

Faros que guardan historias

En Península Valdés, el Faro Punta Delgada suma otra dimensión al recorrido. Construido en 1905 en el extremo sudeste de la península, nació en un territorio tan aislado que alrededor del faro se desarrolló una pequeña comunidad: escuela de fareros, posta de Correos y Telégrafos y viviendas para las familias de los marinos responsables de las balizas de Valdés.

Con la llegada de la automatización, aquella vida desapareció. Durante varias décadas, sin embargo, el antiguo conjunto tuvo una segunda oportunidad como hotel de campo, permitiendo a los viajeros dormir dentro de la historia del faro. Desde 2019 permanece cerrado al turismo y sus antiguas instalaciones esperan un nuevo destino. El faro continúa operativo y el área forma parte de una Reserva Natural de la Defensa.

Más que construcciones aisladas, los faros son pequeñas piezas de la historia marítima argentina. Hablan de navegación, de naufragios, de aislamiento y de generaciones de fareros que hicieron de estos lugares remotos su hogar. También son testimonio de una arquitectura concebida para resistir viento, salitre y temporales.

Faro Río Negro, provincia de Río Negro (foto de Florian von der Fecht).

Hacia el fin del continente

La ruta puede continuar hasta Tierra del Fuego, donde el Faro Cabo San Pablo protagonizó una de las primeras historias de esta colección. A fines de los años noventa, el fotógrafo argentino Florian von der Fecht llegó hasta allí para retratar al Desdémona, un barco encallado frente a la costa desde 1985. Buscando el mejor ángulo encontró también una torre abandonada, inclinada desde el terremoto de 1949.

El paisaje, el viento fueguino, la niebla, el Atlántico y aquella estructura solitaria, terminó convirtiéndose en otra fotografía. Y en el comienzo de una búsqueda que llevaría al fotógrafo a recorrer buena parte del litoral argentino en busca de faros.

Para encontrarlos tuvo que consultar cartas náuticas, modificar itinerarios, conseguir permisos, cruzar campos, navegar hasta islas y esperar mareas y condiciones de luz. Una lógica de viaje que tiene algo de exploración: a veces llegar no es suficiente. Hay que esperar el momento en que el paisaje decide mostrarse.

En el extremo sur, otro faro señala un punto singular del mapa: Cabo Vírgenes, dentro de la Estancia Monte Dinero, donde se encuentra el kilómetro cero de la Ruta 40. Allí, el faro marca también el inicio de una de las grandes rutas terrestres de la Argentina.

Viajar siguiendo una señal

Quizás el mayor atractivo de esta ruta esté precisamente en aquello que sucede alrededor de cada torre. Los faros fueron construidos donde el paisaje necesitaba una señal: allí donde la costa cambia, donde un río encuentra el mar, donde comienzan los cabos o donde la tierra se vuelve más remota.

Por eso, seguirlos es también seguir el paisaje. Los acantilados rionegrinos, la fauna de Península Valdés, los bosques y montañas del extremo sur. Cada faro funciona como una coordenada desde la que descubrir un territorio más amplio.

Faro Cabo Guardián, provincia de Santa Cruz (foto de Florian von der Fecht).

La fotografía de Florian von der Fecht, reunida durante casi tres décadas y más de un millón de kilómetros recorridos por las rutas argentinas, pone en evidencia esa relación. En sus imágenes, la torre no compite con el paisaje sino que le da escala. Frente a la inmensidad del océano o de la estepa, el faro permite dimensionar la distancia, el aislamiento y la fuerza del lugar.

Su colección acaba de sumar una nueva edición del calendario “Faros, Argentina 2027”, con catorce faros fotografiados y sus respectivas historias. El proyecto funciona como una ventana a un patrimonio que, en muchos casos, permanece fuera de los recorridos habituales.

Durante más de cien años los faros ayudaron a los barcos a encontrar su rumbo. Hoy pueden invitarnos a perderlo durante un rato: desviarnos de las rutas conocidas, avanzar hacia la costa y descubrir una Patagonia más silenciosa, remota y auténtica donde, al final del camino, siempre hay una torre mirando al mar.

Faro Isla Leones, provincia de Chubut (foto de Florian von der Fecht).

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